La inteligencia artificial transforma la educación superior, pero también exige energía, agua e infraestructura: innovar implica comprender y gestionar ese costo ambiental.
Una pregunta incómoda empieza a aparecer detrás de cada respuesta generada por inteligencia artificial: ¿qué recursos hacen posible que esa respuesta llegue a una pantalla en apenas unos segundos?
La pregunta parece alejada del aula. No lo está. Mientras universidades y profesores exploran asistentes de IA, sistemas de apoyo al estudiante, herramientas de generación de contenidos y nuevas formas de diseñar experiencias de aprendizaje, existe una dimensión de esa transformación que suele quedar fuera de la conversación: la dimensión ambiental.
El 2026 EDUCAUSE Horizon Report | Teaching and Learning Edition coloca precisamente esta cuestión entre sus tendencias ambientales. El informe no propone abandonar la inteligencia artificial ni presenta la digitalización como necesariamente perjudicial. Plantea algo más interesante: comprender que toda innovación tecnológica tiene una infraestructura detrás y que las decisiones sobre su uso también tienen consecuencias ambientales. ¿Qué cambia en la educación superior cuando esa realidad deja de ser invisible?
La inteligencia artificial no existe solamente en la pantalla
La experiencia cotidiana de utilizar IA puede resultar engañosamente sencilla. Se escribe una pregunta, se pulsa un botón y aparece una respuesta. Sin embargo, detrás de esa interacción existe una infraestructura que requiere capacidad de procesamiento, electricidad, almacenamiento y sistemas de refrigeración.
El Horizon Report señala que, a medida que aumenta el uso de IA en la educación superior, también crece la atención de profesores, estudiantes y órganos de gobierno hacia su huella ambiental. El informe reconoce que cuantificarla con exactitud es complejo porque intervienen diferentes factores, pero identifica una relación fundamental: una mayor dependencia de la IA requiere más infraestructura y capacidad computacional. Esto implica mayor consumo eléctrico y mayores necesidades de refrigeración en los centros de datos.
Una universidad que incorpora IA en cientos de asignaturas no está simplemente agregando una herramienta digital a su ecosistema académico. Está participando de una demanda tecnológica mucho mayor. Y esa constatación conduce a una pregunta que apenas comienza a entrar en la planificación universitaria: ¿cuánto cuesta ambientalmente aquello que parece digital y casi inmaterial?
El problema también pasa por el agua
La energía suele ser la primera preocupación cuando se habla del impacto ambiental de la infraestructura tecnológica. El reporte introduce otra dimensión menos visible: el agua.
Los centros de datos necesitan sistemas de refrigeración y, en determinadas regiones, esa demanda puede ejercer presión sobre los suministros locales de agua. El Horizon Report advierte que la expansión de la infraestructura necesaria para sostener el crecimiento de la IA podría incrementar esa presión, al mismo tiempo que eleva los costos operativos de las instituciones de educación superior.
La cuestión adquiere especial relevancia porque una decisión académica puede tener consecuencias que ocurren muy lejos del lugar donde se utiliza la herramienta. Un profesor puede emplear un sistema de IA para generar materiales, analizar información o proporcionar retroalimentación, mientras los recursos necesarios para procesar esas solicitudes se consumen en infraestructuras que permanecen fuera de la experiencia cotidiana del aula.
La infraestructura también forma parte de la innovación educativa
Durante años, la conversación sobre tecnología educativa se ha concentrado principalmente en las posibilidades pedagógicas: personalización, automatización, accesibilidad, interacción o nuevas experiencias de aprendizaje. El reporte introduce una variable adicional: la infraestructura.
El crecimiento de la IA exige ampliar la capacidad de procesamiento y, con ella, los centros de datos, los sistemas de refrigeración y las redes que sostienen esos servicios. En determinadas regiones, el aumento de la demanda puede incluso generar presión sobre las redes eléctricas y los recursos hídricos.
Esto modifica la manera de entender una decisión aparentemente sencilla. Cuando una institución adopta una herramienta de IA para apoyar el aprendizaje, no solo decide qué tecnología utilizar. También participa, directa o indirectamente, en un ecosistema tecnológico que requiere recursos.
Por eso el informe plantea que las políticas institucionales y los procesos de adquisición tecnológica podrían comenzar a incorporar expectativas de sostenibilidad, junto con criterios que ya resultan habituales, como privacidad e integridad. La innovación empieza entonces a adquirir una dimensión material. Y esa dimensión obliga a mirar una práctica todavía más cotidiana.
No toda utilización de IA tiene el mismo sentido
El Horizon Report plantea una consecuencia especialmente relevante para la práctica docente: la alfabetización en IA debería promover un uso intencional, en lugar de asumir que la inteligencia artificial debe utilizarse para cada tarea.
La diferencia parece pequeña, pero puede modificar profundamente la cultura académica. No es lo mismo incorporar IA porque realmente mejora una actividad de aprendizaje que utilizarla automáticamente para redactar instrucciones, resumir cualquier documento o producir materiales que podrían elaborarse de manera sencilla sin ella.
Imaginemos una asignatura universitaria en la que se utiliza IA para comparar perspectivas teóricas complejas y generar escenarios que posteriormente son analizados críticamente por los estudiantes. Existe allí una finalidad pedagógica concreta. En cambio, emplear una herramienta generativa para producir automáticamente cada pequeña pieza de comunicación académica responde a una lógica diferente.
El informe incluso contempla que algunos estudiantes podrían resistirse a utilizar determinadas herramientas por razones de sostenibilidad, lo que podría llevar a profesores y comités académicos a precisar cuándo el uso de IA es necesario y cuándo es opcional.
La sostenibilidad digital no significa abandonar lo digital
Aquí aparece una de las ideas más interesantes del apartado ambiental del informe. La digitalización no es presentada como un problema que deba resolverse regresando a modelos exclusivamente presenciales o analógicos.
El Horizon Report señala que el aprendizaje digital puede contribuir a la sostenibilidad. Las modalidades en línea e híbridas pueden reducir desplazamientos y disminuir determinadas demandas energéticas asociadas con el funcionamiento de espacios físicos. La disponibilidad digital de materiales también puede reducir impresión, transporte y distribución de recursos físicos.
Pero el informe introduce inmediatamente una condición fundamental: los beneficios ambientales de la educación digital dependen también de los dispositivos utilizados y de la energía necesaria para mantener internet, servidores y plataformas.
Incluso la modalidad educativa puede convertirse en una cuestión de resiliencia climática. Una institución puede mantener actividades académicas durante determinados cierres provocados por fenómenos meteorológicos extremos mediante opciones en línea o híbridas. Sin embargo, esa estrategia puede generar nuevas desigualdades cuando existen problemas de conectividad, dispositivos insuficientes o menor acceso a apoyos académicos.
La alfabetización climática entra en la universidad
El tercer eje ambiental identificado por el informe amplía todavía más la discusión. Algunas instituciones están comenzando a considerar la alfabetización climática como una formación que debería alcanzar a todos los graduados, no solamente a quienes pertenecen a disciplinas ambientales.
Esto tiene consecuencias para el currículo universitario. Significa preguntarse qué debería comprender un estudiante de ingeniería, comunicación, economía, educación o ciencias de la salud sobre sostenibilidad y cambio climático, pero también cómo conectar esas cuestiones con los problemas concretos de su campo profesional.
El reporte menciona experiencias que utilizan el propio campus como espacio de aprendizaje, trabajando con datos reales sobre energía, agua, residuos o transporte. También señala la importancia de vincular la alfabetización climática con otras alfabetizaciones, como la informacional, mediática y de datos, especialmente porque los temas climáticos están expuestos a la desinformación.
La IA puede formar parte de esta conversación, pero ya no como protagonista aislada. La cuestión empieza a ser qué tipo de cultura tecnológica y ambiental está construyendo la universidad.
Innovar también significa decidir cuándo no utilizar una tecnología
Quizá la aportación más profunda del informe esté precisamente en desplazar la discusión desde la fascinación por la herramienta hacia la calidad de las decisiones que acompañan su utilización.
El Horizon Report propone que las instituciones desarrollen políticas y procesos de adquisición que consideren la sostenibilidad, exijan mayor transparencia a los proveedores y favorezcan tecnologías más eficientes. También plantea la necesidad de limitar usos innecesarios de IA y avanzar hacia una IA más transparente y ambientalmente responsable, sin renunciar a aquellas aplicaciones que realmente contribuyan al aprendizaje y a los objetivos de sostenibilidad.
Esto convierte la sostenibilidad en una cuestión académica y no únicamente operativa. Puede influir en el diseño de actividades, en la formación docente, en las políticas institucionales, en la selección de plataformas y en la manera de enseñar alfabetización en IA.
La innovación educativa, entonces, adquiere una dimensión menos evidente: no consiste solamente en incorporar nuevas posibilidades, sino también en desarrollar criterio para decidir cuáles son necesarias.
Cuando la innovación deja de ser invisible
La inteligencia artificial ha hecho que la tecnología parezca todavía más intangible. Una conversación ocurre en una pantalla y el resultado aparece de inmediato. Pero el 2026 EDUCAUSE Horizon Report recuerda que detrás de esa aparente inmaterialidad existen centros de datos, electricidad, sistemas de refrigeración, agua, dispositivos, redes e infraestructuras que sostienen cada interacción.
La cuestión no consiste en convertir el costo ambiental de la IA en un argumento contra la innovación. Consiste en incorporar una pregunta que durante demasiado tiempo ha permanecido fuera de la conversación educativa: qué recursos hacen posible cada nueva posibilidad tecnológica.
Una universidad que incorpora esta mirada no necesariamente utiliza menos tecnología. Puede utilizarla mejor. Puede enseñar que la innovación requiere criterio, que la alfabetización en IA incluye comprender sus consecuencias y que la sostenibilidad no pertenece exclusivamente a determinadas carreras o departamentos.
Tal vez la verdadera madurez tecnológica de la educación superior no se mida por la cantidad de inteligencia artificial que consigue incorporar, sino por la capacidad de comprender cuándo, cómo y para qué vale la pena hacerlo.
Porque toda tecnología transforma aquello que toca, pero también consume algo para existir; reconocerlo es el primer paso para aprender a innovar sin dejar de mirar el mundo que sostiene la innovación.
Referencia
Robert, J., Muscanell, N., McCormack, M., & Arnold, K. (2026). 2026 EDUCAUSE Horizon Report: Teaching and Learning Edition. EDUCAUSE.
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