La universidad enfrenta una creciente presión por demostrar su valor económico, mientras busca equilibrar empleabilidad, innovación, formación integral y responsabilidad social.
¿Qué ocurre cuando una universidad deja de ser valorada por lo que transforma en una persona y comienza a ser juzgada principalmente por lo que esa persona puede ganar?
La pregunta parece incómoda, pero cada vez resulta más difícil ignorarla. En un escenario marcado por el aumento de los costos educativos, la incertidumbre laboral, la disminución de matrículas y los cambios acelerados provocados por la inteligencia artificial, la universidad enfrenta una presión creciente para demostrar que estudiar vale la pena. Y demostrarlo significa, cada vez más, hablar el lenguaje del retorno de inversión.
El 2026 EDUCAUSE Horizon Report: Teaching and Learning Edition, publicado el 18 de mayo de 2026, muestra que la educación superior atraviesa una etapa de profunda recalibración. Entre las fuerzas identificadas aparece una presión explícita por demostrar valor, mejorar la empleabilidad y evidenciar resultados económicos.
Pero detrás de conceptos aparentemente positivos como microcredenciales, competencias, empleabilidad o credenciales apilables existe una pregunta mucho más profunda: ¿qué sucede cuando la lógica del mercado comienza a definir qué conocimientos merecen ser enseñados?
La universidad tiene que demostrar su valor
Durante mucho tiempo, la universidad fue considerada una inversión cuyo valor no necesitaba explicarse únicamente mediante cifras salariales. Sin embargo, esa confianza se está debilitando. El Horizon Report señala que las percepciones públicas sobre la educación superior enfrentan presiones relacionadas con la asequibilidad, la preparación para el trabajo, el endeudamiento y las dificultades de los graduados para incorporarse al mercado laboral.
El problema se vuelve especialmente visible cuando un estudiante termina una carrera después de varios años y descubre que el título no garantiza automáticamente un empleo acorde con sus expectativas. La institución puede haber proporcionado formación académica rigurosa, experiencias intelectuales y desarrollo personal, pero desde una perspectiva social cada vez más extendida surge otra pregunta: ¿cuál fue el beneficio concreto de esa inversión?
El debate ya no gira solamente alrededor de cuánto se aprende, sino de cuánto vale aquello que se aprendió. Y esa nueva pregunta está comenzando a transformar la estructura misma de la universidad.
El ROI entra al aula
El informe identifica una tendencia especialmente significativa: la presión por demostrar el credential ROI, es decir, el retorno de inversión de una credencial específica. Ya no basta con hablar del valor promedio de una universidad; empieza a importar cuánto beneficio produce estudiar una carrera, un certificado o un programa determinado.
Esto modifica la conversación institucional. Un programa de ciberseguridad puede mostrar rápidamente la relación entre formación, demanda laboral y salario. Una certificación profesional puede presentar competencias concretas y resultados verificables. En cambio, otras áreas del conocimiento pueden tener dificultades para demostrar su valor utilizando únicamente indicadores económicos.
Imaginemos una carrera cuyos egresados desarrollan pensamiento crítico, sensibilidad histórica, capacidad argumentativa y comprensión cultural, pero cuyos salarios iniciales no destacan frente a otras profesiones. Si el criterio principal de valor es el ingreso económico, esa formación comienza a aparecer injustamente como menos rentable.
El problema no está en reconocer el valor laboral de la educación. El problema aparece cuando ese valor se convierte en el único lenguaje posible para justificarla. Y ahí comienza una tensión que ninguna universidad puede resolver simplemente con una campaña de marketing.
Microcredenciales: una respuesta a un nuevo mercado
El Horizon Report identifica el crecimiento de certificados, insignias, bootcamps y microcredenciales como parte de nuevas rutas educativas más cortas y flexibles. Algunas pueden acumularse progresivamente hasta construir credenciales de mayor alcance.
Para un profesional que necesita actualizarse rápidamente, esta posibilidad resulta atractiva. Una persona que trabaja en una empresa tecnológica quizá no necesite abandonar durante varios años su actividad laboral para adquirir una competencia específica. Una microcredencial puede permitir demostrar una habilidad concreta y actualizar el perfil profesional con mayor rapidez.
El informe presenta ejemplos como el programa Go Beyond de Penn State, basado en microcredenciales evaluadas y orientadas a competencias profesionales, y las microcredenciales desarrolladas por IEEE para hacer visibles conocimientos, habilidades y capacidades mediante credenciales digitales.
La cuestión, sin embargo, es qué ocurre cuando la flexibilidad deja de ser una alternativa y se convierte en el modelo dominante.
Porque una universidad fragmentada en pequeñas unidades certificables puede ser más adaptable al mercado, pero también podría perder parte de la experiencia intelectual que surge precisamente de estudiar más allá de una necesidad laboral inmediata. Y esa posibilidad conduce a una pregunta todavía más incómoda.
Competencias sí, pero ¿qué competencias?
El desplazamiento hacia una educación orientada a competencias tiene una justificación evidente. Las organizaciones necesitan saber qué puede hacer realmente una persona, no solamente qué asignaturas aprobó. Por eso adquieren importancia los proyectos, los portafolios, las demostraciones de habilidades y las evaluaciones aplicadas. El propio informe señala que estas evidencias facilitan comunicar a los empleadores aquello que un estudiante sabe hacer.
Pero las competencias también pueden convertirse en una nueva forma de simplificación si únicamente se consideran aquellas que tienen una traducción inmediata al mercado laboral.
Pensamiento crítico, comunicación, creatividad, análisis, responsabilidad social y liderazgo aparecen, de hecho, entre las competencias destacadas en el Comprehensive Learner Record de la University of Georgia.
Esto resulta relevante porque demuestra que empleabilidad y formación integral no necesariamente son conceptos opuestos. El desafío consiste en evitar que la empleabilidad termine reducida a un listado de habilidades productivas.
Una universidad no debería formar solamente para ocupar un puesto. También debería formar para comprender problemas, cuestionar decisiones, interpretar realidades complejas y participar responsablemente en la sociedad.
La pregunta decisiva, entonces, no es si la universidad debe preparar para el trabajo, sino qué significa realmente estar preparado para vivir y trabajar en un mundo cambiante.
Cuando el salario se convierte en la medida de todo
El riesgo aparece cuando el retorno de inversión se interpreta de manera demasiado estrecha. El propio Horizon Report advierte que una definición limitada del ROI puede llevar a las instituciones a concentrar recursos en programas cuyos resultados salariales son más evidentes y reducir el apoyo a campos que desarrollan capacidades importantes pero difíciles de traducir inmediatamente en cifras de ingresos.
El problema no es menor. Si el salario se convierte en la principal evidencia de valor, determinadas disciplinas pueden comenzar a justificarse constantemente frente a otras consideradas más rentables.
Una universidad podría terminar preguntándose cuántos empleos genera una asignatura, cuánto incrementa el salario de un graduado o qué posición ocupa una competencia en una descripción laboral. Pero difícilmente podría calcular con la misma precisión cuánto aporta una formación humanística a la capacidad de interpretar una sociedad, cuánto fortalece la democracia una ciudadanía educada o cuánto valor tiene aprender a formular preguntas que todavía no tienen respuesta.
Hay aprendizajes cuyo impacto no aparece en una nómina. Y precisamente por eso necesitan ser defendidos antes de que desaparezcan de las prioridades institucionales.
La universidad también está bajo presión financiera
Esta transformación no ocurre en el vacío. El informe relaciona la crisis de valor con problemas económicos concretos: disminución de matrículas, presupuestos tensionados, incertidumbre en la financiación y una competencia creciente por estudiantes.
Cuando una institución enfrenta menos estudiantes y menos recursos, resulta comprensible que busque programas con mayor demanda, alianzas empresariales, nuevas modalidades y rutas educativas más vinculadas con el empleo.
Pero también aparece un círculo peligroso. Si las dificultades financieras obligan a reducir personal, servicios y oferta académica, la experiencia educativa puede deteriorarse. Y una experiencia deteriorada puede reducir todavía más la percepción de valor.
Por eso la discusión sobre ROI no puede reducirse a una cuestión financiera. También es una discusión sobre qué universidad se quiere conservar cuando los recursos son limitados. Porque administrar la escasez no debería significar decidir que solamente merece existir aquello que produce resultados económicos rápidos.
El verdadero desafío: redefinir el significado de valor
El Horizon Report no plantea abandonar la empleabilidad ni ignorar las demandas del mercado laboral. Su planteamiento es más complejo: las instituciones necesitan comunicar mejor su valor, fortalecer la evidencia de lo que los estudiantes aprenden y hacer más visibles las competencias desarrolladas, pero sin permitir que la alineación con el mercado destruya la amplitud de la formación universitaria.
Ese equilibrio será especialmente importante en educación superior. Una carrera debería poder responder qué oportunidades profesionales ofrece, pero también qué capacidades intelectuales desarrolla. Un programa debería demostrar resultados laborales, pero también explicar qué aporta a la sociedad. Una credencial debería ser útil para conseguir empleo, pero no tendría que convertirse en la única justificación de haber aprendido.
Quizá el futuro de la universidad no consista en elegir entre formación integral y empleabilidad, sino en demostrar que una educación verdaderamente sólida puede hacer ambas cosas. La cuestión es quién definirá qué significa estar preparado para el futuro.
¿Cuánto vale realmente una universidad?
La presión por demostrar resultados no desaparecerá. Probablemente aumentará. Las universidades tendrán que explicar mejor qué aprenden sus estudiantes, qué competencias desarrollan, qué oportunidades profesionales encuentran y qué valor genera cada credencial.
Pero una institución educativa que solamente aprende a hablar el lenguaje del mercado corre el riesgo de olvidar por qué la sociedad decidió crear universidades en primer lugar.
La educación superior tiene que preparar para trabajar, pero también para pensar. Tiene que facilitar la movilidad económica, pero también ampliar horizontes. Tiene que responder a las necesidades de las organizaciones, pero conservar espacios para aquello cuyo valor todavía no puede calcularse.
Porque una universidad puede aumentar un salario, abrir una puerta profesional o mejorar una trayectoria laboral. Pero su valor más profundo aparece cuando consigue que una persona pueda mirar el mundo con más conocimiento, más criterio y más posibilidades de transformarlo.
Y quizá aquello que más necesita defender la universidad en tiempos de ROI sea precisamente lo que ningún indicador financiero puede medir por completo: el valor de convertirse en alguien capaz de comprender un mundo que todavía no existe.
Robert, J., Muscanell, N., McCormack, M., & Arnold, K. (2026). 2026 EDUCAUSE Horizon Report: Teaching and Learning Edition. EDUCAUSE. https://www.educause.edu/horizon-report-teaching-and-learning-2026
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